Entre todas las dificultades que debe sortear un estudiante universitario en Venezuela, hay que sumar una triste realidad: cuando debes estudiar con la alimentación adecuada.
El siguiente artículo de «Crónica Uno» relata un poco la historia de unos estudiantes de la La Universidad del Zulia, con académicos que resisten ante la carencia de los servicios universitarios.
Grave crisis
A diario alumnos y profesores se desmayan en los pasillos por la falta de comida. “Hay muchachos que han adelgazado hasta 20 kilos y los profesores están en estado crítico. Hay chamos que llegan aquí a las 12:00 m, y ni siquiera han desayunado y cuando se van para su casa deben pasar hasta dos horas esperando un bus”, dijo una estudiante que omitió su identidad.
Muchos estudiantes han tenido que buscar trabajo para poder subsistir. Tal es el caso de D´espagñolis que da clases particulares de Física, Química y Matemática a alumnos de universidades privadas. “Algunos de mis compañeros han tenido que buscar otra cosa que hacer porque antes hacían trabajos por Internet y con eso se ayudaban, pero con estas fallas es imposible. Otros se han visto obligados a dejar los estudios para ayudar a sostener su familia”.
Algún mango
Diego Durán, de 22 años de edad, es del sexto semestre de Física. Relató que él y sus compañeros se alimentan de “lo que nos da la naturaleza”. Con los ojos llenos de lágrimas dijo: “Aquí subsistimos milagrosamente. Muchos llegamos aquí sin desayunar y nos resolvemos con mango, semeruco, manzanilla, tamarindo y agua del tubo”.
El joven que camina a diario tres kilómetros para llegar a la Facultad, informó que debido a la crisis les dejaron cursar materias que tienen prelación con otras para poder agilizar. Además, trabaja en una franquicia de comida rápida 12 horas al día. “Estoy casi colapsado. Vivo a 3 kilómetros de la universidad, en La Limpia. Me tardo media hora caminando, vengo casi todos los días a ver si hay clase, a veces no hay ningún profesor. Hay quienes nunca dan la cara y uno, termina perdiendo clase”.
El futuro es incierto para él debido a que con algunas materias no se sabe si las van a dictar y en ese caso, tendría que estudiar otro semestre. “Eso no es factible. Es difícil estar a la deriva y con incertidumbre”.
Durán confesó que en las mañanas siente “ganas de morir, estrés, desidia y dolor”. Su única motivación son sus padres. “Tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para estudiar y trabajar y además cuando llego en la casa no hay luz. Un trabajo me lleva 40 o 50 páginas, y la biblioteca ayuda para algunas cosas, otras las tengo que investigar y cómo hace uno”.
Pero reconoce la solidaridad. “Aquí nos ayudamos entre todos. Hay otros compañeros que nos dan para los pasajes. Reunimos entre todos y comemos algo decente a veces, pero es difícil estudiar sin nada en el estómago. Yo llego a mi casa y me da dolor preguntarle a mi mamá si hay comida y no hay nada”.
Al joven le restan dos semestres para graduarse, confesó: “Ya esto es personal, yo no puedo tirar la toalla, es un cuarto de mi vida estudiando. Me he esforzado mucho, son seis años y mi mayor preocupación es que me digan que la universidad cerró. Este semestre es el primero de 2018 que comenzó en julio del año pasado y mira por dónde vamos. Sueño con hacer un doctorado fuera del país, y ser investigador, pero afuera porque aquí la ciencia no funciona”.

