Queremos ser francos. Los nacidos en Ciudad Ojeda tuvimos un gentilicio, era ojedeño, y si nosotros contáramos con influencia mediática nos habríamos propuesto convencer a los hablantes regionales para desincorporar el gentilicio citojense sembrado en el vocabulario de las nuevas generaciones nativas.
Como sabe, no existe clara normativa sobre la construcción de gentilicios, mas se conoce que cuando el nombre de las poblaciones o ciudades está compuesto de dos o más palabras, como es el caso de Ciudad Ojeda, se suele seleccionar una sola de éstas.
De igual peso argumental para rechazar el gentilicio citojense lo constituye el hecho de que la partícula “cito” es un elemento prefijal raíz de célula, no de ciudad, tal y como fue explicado en la oportunidad en que se le escogió el nuevo gentilicio.
Probablemente mejor informados que quienes seleccionaron el gentilicio citojense, el venezolano nacido en Ciudad Bolívar y Ciudad Guayana es sencillamente bolivarense y guayanés, respectivamente. Y a los nativos de Ciudad del Cabo se les denomina capenses. Compárelo al habla con citocapenses.
Adicionalmente, se sabe que la simplicidad es al habla como el disolvente a la pintura solidificada. La lengua propicia la sencillez expresiva, no su complicación. Citojense es un trabalengua. Un expreso galimatías en una sola palabra, aunque su uso se haya hecho común.
Afincados en este parecer informamos, principalmente a los jóvenes lectores, que por los años cincuenta del siglo XX a los nacidos en Ciudad Ojeda, por uso y costumbre, se les llamaba ojedeños. Al igual que caroreño y caraqueño a quien vio la luz en esas localidades. Del mismo modo lagunillero a quienes nacían en Lagunillas, nunca lagunillenses. Y obsérvese que los nacidos en Lagunillas de Mérida continúan siendo lagunilleros.
En nuestro parecer por razones de identidad -y así comulgo con un planteamiento que he escuchado- conviene que los gentilicios citojense, lagunillense y ojedeño y lagunillero convivan. Tal cual ocurre en el caso de Maracaibo y los gentilicios maracaibero, marabino y maracucho.
Si bien la prosperidad de una ciudad no depende de un gentilicio bien o mal escogido, el punto no es tan banal como pueda suponerse. Está directamente relacionado con la identidad e identificación entre las distintas generaciones de un conglomerado.
De allí el debate que suscita.
Manuel Bermúdez/Escritor y periodista

