El colapso de un hogar tras un sismo no solo tumba paredes; fractura por completo la realidad de los más vulnerables. Tras los devastadores terremotos del pasado 24 de junio en Venezuela, miles de niños y niñas enfrentan un escenario desgarrador: la pérdida de sus casas, la muerte de sus padres y una profunda crisis de salud mental que apenas comienza a manifestarse en los refugios.
Según estimaciones de Unicef, cerca de 650.000 personas requieren asistencia urgente, de las cuales 234.000 son niños y niñas. El impacto no solo golpea a quienes lo perdieron todo, sino también a los menores afectados por el colapso de servicios esenciales como el agua potable, la atención médica y los esquemas de vacunación.
“El terremoto les ha quitado mucho a esos niños y niñas y nuestro rol es garantizar que no les quite su futuro”, advierte Rodríguez Pumarol, representante de Unicef.
Insomnio y ansiedad: El trauma bajo las carpas
En los campamentos temporales habilitados en el estado La Guaira, el reto va más allá de asegurar un plato de comida o una colchoneta. La prioridad médica actual es el acompañamiento psicológico.
Muchas familias reportan que los menores sufren severos cuadros de ansiedad y dificultades para conciliar el sueño. Prefieren aguantar despiertos hasta altas horas de la madrugada por el pánico latente a que ocurra una nueva réplica mientras duermen.
- Refugio Estadio César Nieves (Catia La Mar): Personal médico y humanitario atiende diariamente a decenas de niños desplazados que reciben asistencia primaria.
- Complejo Deportivo José María Vargas: Se han activado ludotecas improvisadas donde los menores realizan actividades con plastilina y expresión creativa para canalizar el trauma a través del juego.
El retorno a las aulas es otra carrera contra el tiempo. Debido a que varios campamentos operan dentro de escuelas, Unicef trabaja junto a las autoridades para liberar y rehabilitar estos centros antes del inicio del próximo año escolar.
¿Qué pasa con los niños que perdieron a sus padres?
Una de las situaciones más complejas para los sistemas de protección infantil en Venezuela es el destino de los menores que quedaron separados de sus progenitores o quedaron huérfanos. Ante la incertidumbre, las leyes son estrictas y no admiten vacíos.
La abogada especialista en derecho familiar, Jeslia Vergara, explica la ruta legal obligatoria:
- Búsqueda de la familia de origen: La prioridad absoluta es localizar a familiares directos (abuelos, tíos o hermanos mayores) que puedan asumir el cuidado temporal mediante una medida de colocación familiar.
- La adopción como último recurso: «Si se demuestra fehacientemente que ambos padres fallecieron y no existe familia de origen que pueda ocuparse, el Estado puede declararlos en adoptabilidad para una familia sustituta», aclara Vergara.
La especialista advierte que, incluso bajo una emergencia humanitaria, ningún proceso de adopción puede saltarse etapas. Las familias aspirantes deben ser evaluadas rigurosamente para garantizar entornos seguros.
“La institucionalización o la adopción es el último recurso. No podemos borrar la historia de un niño o niña adolescente y suplirla por otra”, añade la abogada.
Ante la proliferación de rumores, el Instituto Autónomo Consejo Nacional de Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes (IDENNA) desmintió categóricamente las versiones de redes sociales sobre supuestas entregas expeditas de menores a desconocidos, ratificando que cualquier reunificación exige verificar la identidad y el vínculo legal.
«Solo pido una casa para volver a empezar»
Para Mercedes, la tragedia tiene nombres propios. Tras perder a su hermana en el sismo, quedó repentinamente a cargo de cuatro niños. Aunque agradece el apoyo psicológico y recreativo que reciben sus sobrinos en el refugio —donde Damián juega al fútbol y su prima dibuja—, sabe que la estabilidad real requiere un techo propio.
“Una casa. Ya lo demás llega por añadidura”, sentencia Mercedes con la mirada fija en el horizonte. Mientras tanto, en el patio del refugio, Damián sigue corriendo detrás de un balón junto a otros niños, intentando, al menos por noventa minutos, olvidar el miedo.

