Bolívar murió sin pena ni gloria en un rincón del mundo

Hoy día como hoy, en 1830, muere en la ciudad de Santa Marta, Colombia, el mayor prócer en la historia venezolana de América Latina, Simón Bolívar.

Libertó 6 naciones, y su sueño se vió recortado por una letal enfermedad que le fue acortando sus días, hasta llegar casi sin fuerzas a la ciudad costeña de Colombia, sin fuerzas, y rodeado de muy pocas personas.

Viajó hasta esta antigua explotación de ron, miel y panela para evitar el clima de enfrentamientos constantes en América del Sur y alejarse de quienes un día habían luchado a su lado y que tiempo después trataron de acabar con su vida.

Fue Traicionado por sus más allegados. Y totalmente consumido: pesaba 38 kilos. «Hemos arado en el mar», dijo con sus últimas fuerzas. 

Los silenciosos muros ocres de la casa principal de la finca San Pedro de Alejandrino son transitados por cientos de personas al día que acuden a visitar el lecho de muerte de «su libertador», ahora enfundado en la bandera nacional.

Pese a la gloria con la que se le recuerda y venera ahora, Bolívar se despidió de la vida con medio país en contra. Había declarado la ley marcial en Colombia: sustituyó las autoridades civiles por las militares y suspendió las libertades elementales. Todo ello originó una oleada de persecuciones políticas y condenas a muerte, entre ellas, la de su vicepresidente Francisco de Paula Santander. Aunque, al final, conmutó su pena por el destierro.

Ya enfermo de los pulmones, decide renunciar a la Presidencia de la Gran Colombia. El 1 de diciembre llega a Santa Marta, una ciudad costera contraindicada para su salud. El general Mariano Montilla, uno de los pocos que lo acompañaron hasta el final, contrata al médico francés Alejandro Próspero Reverend.

El 2 de diciembre, el doctor escribe sus primeras impresiones: «La enfermedad me pareció ser de las más graves, y mi primera opinión fue que tenía los pulmones dañados». Al dia siguiente añade: «Duerme solamente dos o tres horas por la noche, y el resto lo pasa desvelado, y como con pequeños desvaríos».

El día 10 Bolívar le pide al médico que le hable francamente y este le dice que no cree que pueda salvarse. Bolívar le dice: «¿Y ahora, cómo salgo yo de este laberinto?» Se decide entonces escribir su última proclama y su testamento. El día 11 escribe su última carta.

José Palacios, su mayordomo, llorando en un rincón de la habitación exclamó: «¡Se me murió mi señor!». El general Montilla no pudo contener el llanto y exclamó: «¡Ha muerto el Sol de Colombia!». Desenvainó su espada y cortó el cordón del péndulo que marcaba la hora, el cual se quedó para siempre marcando la una.

Existe en Santa Marta una leyenda que dice que se conservan estos órganos dentro de una pequeña urna entre los muros de la Catedral de la ciudad.

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