Por: politólogo Francisco Kiko Chávez

Existen personajes de la historia que terminan convertidos en simples nombres lejanos, haciendo que los ciudadanos olviden la huella que dejaron en la construcción de la patria. Para el pueblo zuliano, no obstante, Urdaneta no es solo un apellido ilustre; representa la esencia misma de la zulianidad. Es la viva herencia de aquellos hombres indomables que se opusieron con valentía sublime a los invasores españoles durante más de trescientos años de colonización. El propio Padre de la Patria supo definirlo al llamarlo «Brillante», distinción justa para un héroe que abrazó desde temprana edad el camino de los sacrificios por la causa de la libertad.

Aunque los habitantes de El Carmelo —localidad ubicada en el actual municipio La Cañada de Urdaneta— han disputado a Maracaibo el honor de ser la cuna del héroe, la historiografía oficial establece que Rafael José Urdaneta Farías nació en la capital zuliana el 24 de octubre de 1788, cinco años después que el Libertador. Inició su formación académica entre Maracaibo y Caracas, hasta que, en 1804, fue enviado a Bogotá bajo la tutela de su tío Martín para proseguir con sus estudios.

Siguiendo el camino abierto por Caracas el 19 de abril, Bogotá declaró su independencia del dominio español el 20 de julio de 1810. Ante este llamado, Urdaneta acudió sin vacilar a las filas libertadoras como teniente del batallón Patriotas de Cundinamarca. Tras comandar con valentía su primera acción militar en Palacé el 25 de marzo de 1811, fue ascendido al grado de capitán el 12 de octubre de ese año.

Su alianza estratégica con Bolívar nació a orillas del río Zulia, en San Cayetano, el 27 de febrero de 1813. Desde entonces, el héroe zuliano fue uno de los más fieles aliados del futuro Libertador. En un momento crítico, desde La Grita, dirigió a Bolívar un mensaje inolvidable que insufló valor al ejército: «Si con dos hombres basta para emancipar la Patria, pronto estoy a acompañar a Usted». Aquella premisa selló una adhesión incondicional que mantuvo hasta su último día.

Tras Bolívar, ningún otro jefe militar recorrió con tanto ímpetu el suelo patrio en defensa de la República. Su nombre quedó grabado en gestas memorables como las batallas de Niquitao, Taguanes y Bárbula (1813), la dramática retirada a Oriente (1814), la liberación de Maracaibo (1821) y la estratégica marcha a San Carlos antes de Carabobo. Aunque, por órdenes directas de Bolívar, no combatió en Carabobo debido al extenuante cansancio de sus hombres, la magnitud de sus servicios hizo que el Libertador promoviera su ascenso a general en jefe.

Ni la derrota ni los momentos amargos doblegaron jamás el temple de Urdaneta. Alejado del afán de figuración y del caudillismo, asumió el heroísmo como una estricta obligación ciudadana y entregó su bienestar por el bien supremo de la patria. Su conducta constituye un faro moral insustituible para el pueblo venezolano.

Pero la figura de este hombre extraordinario no solo resalta en medio del fragor de las batallas; es fundamental destacar su relevante faceta como servidor público. Entre los diversos cargos de alta responsabilidad que ejerció se encuentran los de gobernador de Angostura, intendente del departamento Zulia y último presidente de la Gran Colombia. Además, su profunda admiración por el Padre de la Patria lo llevó a fundar la Sociedad Bolivariana, institución pionera que sirvió de génesis para las organizaciones homónimas tanto en Venezuela como en el ámbito internacional.

Urdaneta fue un hombre de férreos principios y determinaciones firmes, que demostró un desprendimiento de lo material verdaderamente ejemplar, siendo su intachable autoridad moral el título más honroso que legó a la posteridad. Mientras cumplía una misión diplomática, halló la muerte en París. Consciente de su inminente final, instruyó a sus hijos Rafael y Luciano, quienes lo acompañaban, para que sus restos descansaran en Venezuela y restituyeran al Estado los fondos públicos no utilizados en el viaje. Fue esta su última lección de honestidad, tras haber afirmado en sus momentos finales: «Dejo una viuda y once hijos en la más completa miseria».

En suma, Urdaneta encarna los valores de la ética, la lealtad, la entrega desinteresada y un patriotismo a toda prueba. Preservar su legado y mantener vigentes sus ideales es un deber irrenunciable y un acto de verdadera justicia histórica hacia el héroe que luchó incansablemente por la libertad e independencia de la patria.

por primeraedicioncol

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