El corazón acelerado a mil, los ojos inundados y el nudo en la garganta marcaron la llegada. Volver a abrazarlo, después de casi una década de exilio, fue un instante de gracia divina.
Aquel muchacho que un día marchó acorralado por la crisis regresó convertido en un hombre de temple, fraguado entre largas jornadas de trabajo, distancia y la amargura de la xenofobia.
La alegría del abrazo familiar fue inmensa, pero el tiempo no perdona.
La sombra del pueblo que dejó atrás y el vacío de los que partieron. Sus primeros pasos en la tierra natal trajeron consigo un golpe helado de realidad.
La escuela donde creció luce abandonada, las casas desmanteladas o detenidas en el tiempo, y en las calles ronda un silencio pesado, casi de pueblo fantasma.
Pero lo que más duele es la ausencia: la vieja guardia, esas columnas firmes de la familia y los amigos de la infancia, ya casi no están. Muchos marcharon al extranjero y otros partieron al encuentro del Señor, dejando un vacío imborrable en el alma de este hogar.
Los mismos viejos carritos por puesto, testigos silenciosos del deterioro, siguen circulando como fantasmas de hierro.
Las ilusiones que el colapso marchita
Volvió con la determinación de emprender, dispuesto a aplicar la disciplina de catorce horas diarias aprendida en el extranjero.
Pero las ganas chocan de frente contra la realidad: el agua no llega, la electricidad se apaga entre seis y ocho horas al día frustrando la producción, el gas es escasez constante y la vida transcurre en una economía dolarizada imposible de sostener.
La ilusión de echar raíces de nuevo empieza a evaporarse entre la impotencia y la supervivencia.
Una despedida prorrogada por la fe.
Las semanas volaron. Las charlas en la sala, la mesa servida y el café matutino bajo la sombra de la mata de mango o mamón quedaron, una vez más, en pausa.
La realidad lo empuja de nuevo al exilio, dejando tras de sí el amargo sabor de un abrazo interrumpido. Los ojos se vuelven a llenar de lágrimas y el alma de melancolía. Que Dios te guíe y te bendiga, hijo mío; nos queda la fe intacta de que el destino nos vuelva a juntar.
¿Ustedes han vivido esta experiencia? Los leo en los comentarios.
Dave Roberth Cepeda Lozano
Educador

