El nombre de Cabimas apareció en los titulares de los diarios de todo el mundo por darse a conocer la noticia de un yacimiento petrolero de grandes dimensiones, El Barroso II, hecho que asombró a la humanidad entera y motivó la llegada de mucha gente en búsqueda de oportunidades de empleo en la industria petrolera y en otras áreas de la economía que crecía cada día más.

 Llegó entonces a Cabimas un adolescente llamado Gumersindo Nava Vásquez, nacido un trece de enero de 1926 en Puerto Escondido, sector que hoy pertenece al municipio Santa Rita; hijo de un decimista llamado Juanchito Nava y Rosario Vásquez, vino con una marusa de sueños y buscando una oportunidad de trabajo.

La vida lo premió cruzándole en el camino a José de la Paz González Montero quien le enseñó el oficio de odonto practico con el que se ganaría la vida honradamente hasta el final de sus días. 

Su deseo de superación lo llevó a igualarse a su maestro, instalando su propio consultorio en Ambrosio frente a que el señor Atilano que fabricaba fuegos artificiales.

Eran tiempos de abundancia petrolera, pero había que trabajar muy duro para ganarse la vida, compró una quinta (casa grande de platabanda) distribuida en una sala de espera; su consultorio con una silla odontológica y todos sus instrumentos de última generación; seguido de un taller donde fabricaban las prótesis dentales; varias habitaciones y una enramada con vista al lago donde se reunía con amigos luego de sus faenas de arduo trabajo atendiendo gente que venía de todas partes.

Su popularidad de tener buena mano traspasó las fronteras del otrora distrito Bolívar, venía gente de los estados Falcón, Trujillo y Lara.

Tal era su fama que lo llamaban el José Gregorio de la salud dental, no tenía avaricia, llegaban pacientes de todos los estratos sociales a quienes atendía por igual, hubo personas de escasos recursos a quienes solo les cobraba los materiales, y en situaciones extremas, les exoneraba todo, se ganó muchas bendiciones con su especial trato a las personas, era un hombre feliz que disfrutó cada momento de su vida al máximo.

Le gustaba la buena compañía, la buena música, los gallos, amante de la comida autóctona, en su fogón no faltaba un chivo en coco, un sancocho de costilla, sus pacientes le traían carne de cacería, como: venado, conejo, chiguire, lapa, babilla, danta y hasta serpiente “tragavenado” para hacer chicharrones, sus duras faenas de trabajo eran premiadas con una buena ración de comidas exóticas.

Un ser bendecido: trabajó en lo que le gustó, se casó con Aura Graciela González Montero, hermana de su maestro, una mujer ajustada al estándar de belleza de esa época (contextura gruesa), sumamente trabajadora, bondadosa y con una voz excepcional, de esa unión nació José Gregorio, que estudió leyes y se convirtió en un talentoso abogado.

Quizás el sitio que de su casa que más disfrutó después del consultorio era la enramada donde siempre estaba la radio, en el dial de Ondas del Lago; dejándose escuchar a Guillermo Barrera con su música alegre y ocurrencias en vivo, un tocadiscos, una mesa con discos de acetato o vinil de los cantantes y orquestas de la época: Julio Jaramillo, Pedro Vargas, Felipe Pírela, Leo Dan,  La Billo’s, Carlos Gardel, los Blanco, etc., allí asistía  la cuerdita de siempre: Jacobo Petit, Efrén Nava, Ramón Yoris, Abdenago Borjas (padre), Bernardo Bracho, Ángel López, Alirio Acurero, el Flaco Peralta, Luis Arias,  y hasta mi padre Luis Peralta.

En la reunión se armaban sendas tertulias sobre política y economía, no faltaba la cuba libre y la cerveza Zulia bien fría, y por supuesto un guiso de algún animalito silvestre, había un bochinche controlado, era un círculo de amistades muy cerrado, solo gente seria y de solvencia moral, nunca jamás invadieron su consultorio, eso era sagrado para don Gumer.

Entre las anécdotas que recuerda la gente, está una que recopilé: cierta vez llegó un paciente para que le extrajera una muela, lo anestesió, lo llamaron y salió dejando al pobre hombre en la silla con la boca abierta, y se perdió de vista misteriosamente, nadie supo para donde se fue, su asistente salió corriendo donde José de la Paz quien vino un poco molesto, terminando el trabajo pendiente, desde ese momento dejó de hablarle.

Pero a los pocos días, don Gumer mando a los muchachos del sector a buscar unas iguanas que preparó en coco, cocinó una paila de arroz blanco y horneó varios plátanos verdes; fue y se trajo a su cuñado, se disculpó y luego de varias cervecitas y una conversación larga, todo volvió a la normalidad, familia es familia …. pero ¡No lo volváis a hacer! le dijo su maestro señalándolo con su dedo índice derecho.

Cuando iba al mercado o al pasaje Sorocaima, quien lo saludaba,  respondía de manera graciosa  con una de las suyas: pa  donde vais Gumer?… , pa viejo respondía jocosamente.

Cuando alguien le contaba algún problema le decía: Dios es más grande que una mata de coco; al saber que alguien había pegado un quintico de la lotería del Zulia le decía… ¡Que gocéis mucho! y paguéis poco, fue un hombre bendecido. Cuando falleció su esposa doña Aura quedó solo y triste,   la vida le envió otra gran mujer en su vida: Nanci Almera, quien fue su compañera,  alumna y cuidadora, muy trabajadora, ella le dio 3 hijos: Julio, Rosario y Gumersindo, y apareció otro hijo  de nombre David.

La señora Nanci lo acompañó hasta los últimos días de su vida, pocos seres en el mundo logran tener tanta dicha en su existencia, no dejó riquezas pero si un legado de principios, valores y ejemplos de superación.

Don Gumersindo Nava partió de este mundo con la satisfacción del deber cumplido un 3 de febrero de 1997 a la edad de 71 años, tuvo en total 5 hijos, uno de ellos, Gumercindo, heredó su digno oficio, se le recordará como un hombre bueno que regresaba sonrisas a la gente.

Licdo: Néstor Peralta

CNP: 7371

por primeraedicioncol

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