En el ecosistema digital actual hemos cometido el error de confundir el volumen de una audiencia con el valor de un mensaje. Se ha vuelto común medir el éxito en monedas de vanidad (“me gusta” y reproducciones), olvidando que la verdadera influencia no es un fenómeno numérico, sino un contrato ético. Existe una diferencia abismal entre quien busca atención y quien merece ser escuchado.
El término “influencer” es un anglicismo que hace referencia a una persona que tiene la capacidad de influir en los demás, utilizando distintos medios para lograrlo, como es el caso de las redes sociales. Según la Real Academia Española, es una “voz inglesa (pron. común entre los hispanohablantes [influénser]) que se usa en español con el sentido de ‘persona con capacidad para influir en la opinión o los gustos de otras muchas a través de sus redes sociales por su gran número de seguidores’. Como alternativas al anglicismo se usan en español voces como influenciador, influyente o influente”.
Muchos de los que hoy conocemos por las redes sociales como “influencers” habitan detrás de una armadura de cristal construida con filtros y estrategias de marketing. Son personas que proyectan una vida sin fisuras, pero esas perfecciones son, a menudo, una fachada para ocultar la vulnerabilidad humana. El riesgo de este modelo es caer en la vanidad y no en el servicio. Cuando alguien se enfoca únicamente en alimentar su ego, deja de ser guía para convertirse en un “objeto decorativo”, por llamarlo de alguna manera. El mensaje carece de esencia y deja de ser enriquecedor para sus seguidores.
No cualquier persona con un dispositivo móvil puede ostentar el título de referente. La influencia real exige valores. Hoy vemos en algunos “influencers” una carrera desesperada por conseguir seguidores, donde se sacrifica la integridad con tal de obtener un minuto de atención.
La intención de este artículo no va en contra de quienes usan las redes sociales para transmitir un contenido en específico, sino de reflexionar sobre el mensaje que se transmite. Un verdadero líder digital entiende que su contenido llega a los sectores más sensibles: niños y jóvenes que están construyendo su identidad. Por ello, el mensaje debe ser accesible, pero también responsable. No se trata de cuántas personas te vean, sino de qué dejas en ellas después de que apagan la pantalla. Si el mensaje no transmite valores, ni busca educar o elevar el criterio del otro con un impacto positivo, es simplemente ruido.
Todos somos referentes, y quizás el punto más importante es entender que la influencia no es exclusividad de quienes usan las redes sociales o tienen un perfil verificado. Todos, de alguna manera, influimos en la vida de otros. Nuestra conducta en el trabajo, la forma en que tratamos a los demás en la calle y los valores que sembramos en casa son nuestro “contenido” más real.
Somos los “influencers” de nuestros hijos, amigos y colegas, e incluso de la comunidad en donde hacemos vida. Esta influencia cotidiana es mucho más poderosa porque no depende de un algoritmo, sino de la coherencia humana. No podemos exigir integridad digital si no la practicamos en el mundo real.
Debemos enseñar a nuestros hijos a elegir el tipo de contenido que consumen en redes sociales, supervisar qué miran e influir en que no deben seguir o copiar todo lo que ven. Cada quien tiene una vida propia; no somos un “copia y pega” para tratar de vivir la vida de otros. Existen contenidos muy interesantes de los que podemos tomar consejos o recomendaciones, divertirnos o aprender algo nuevo.
Ser un referente es un privilegio que conlleva una carga pedagógica. El código de la confianza se rompe cuando la autenticidad se vende por un contrato publicitario o cuando la soberbia nos aleja del público. Al final, lo que queda no es la cantidad de seguidores, sino la calidad de la huella que dejamos en ellos.
La verdadera esencia de influir no es lograr que otros quieran ser como tú, sino tener la buena intención de conseguir que, a través de tu mensaje, quieran edificar mejores versiones de sí mismos.
La influencia no entiende de etiquetas; se manifiesta igual en una receta de cocina, en un análisis legal, en el humor o en la farándula. No se trata de lo que compartimos, sino desde dónde lo hacemos. El creador de contenido debe entender que, más allá de los “likes”, está sembrando una idea en la mente de quien lo ve.
Reflexionar sobre el contenido no es limitar la creatividad, es potenciarla, asumiendo la responsabilidad de lo que se publica al entender que cada video es una oportunidad de impactar positivamente en los demás.
“No todo lo que se vuelve viral es buena influencia, porque la verdadera guía no se mide por el ruido que hace, sino por los valores y la huella que transforma vidas”.
Abg. Nilmary Boscan Maldonado

